El aire en la habitación se volvió pesado, espeso por el desencanto. Maya fue la primera en romper el silencio, ladeando la cabeza mientras fijaba en José una mirada teñida de una sonrisa amarga.
—Eso es bastante cínico, ¿eh? —murmuró, cruzándose de brazos como quien busca defenderse de una verdad incómoda.
José no se inmutó. Apoyó los codos sobre las rodillas, con los ojos perdidos en algún punto del suelo, cargando sobre sus hombros el peso de una certeza abrumadora.
—Es tentador ser así —respondió, dejando escapar un suspiro cansado—. Muy poca gente se salva de caer víctima de la desinformación masiva.
Un escalofrío pareció recorrer la espalda de Raúl. Sacudió la cabeza con vehemencia, alzando las manos como si intentara espantar un fantasma invisible o borrar las palabras que acababan de flotar en el ambiente.
—¡Caramba! —exclamó con una mueca de auténtico malestar—. No quiero pensar en eso. ¡Es muy deprimente!
Desde el rincón más oscuro de la sala, la voz de Tara resonó con una frialdad calculada. Su sonrisa, afilada y carente de calidez, apenas iluminó su rostro mientras se acomodaba en su asiento.
—No te preocupes —sentenció con un tono cáustico que congeló la conversación—, los que gobiernan tampoco quieren que pienses en eso.